Agenda oculta

Las agendas deben ser  respetadas, por eso no hay que usarlas nunca. Entre sus hojas se solapan los días de un año entero, con sus temidos lunes y sus ansiados puentes. Es mejor dejarlas en blanco, abandonadas en el bolsillo pequeño de la mochila o en el cajón de la mesita de noche. En mi etapa de estudiante universitario, solía descargarme el calendario de exámenes en PDF con tal de preservar la virginidad de esa pobre agenda que algún allegado menesteroso me había regalado con su buena fe. Los planes surgen solos, al calor de las casualidades y las incidencias cotidianas. No debemos forzarlos. Corremos el riesgo de verlos cumplidos: una boda, una hipoteca, un trabajo en Ryanair… Ayer empecé el día leyendo las cartas de Faulkner y terminé bebiendo tequila con P, ex compañera de trabajo y referente moral. De hecho, Faulkner y su esposa están enterrados en el cementerio de Saint Peter, y algunos admiradores le rinden homenaje derramando güisqui sobre su tumba. Todo empezó a torcerse deliciosamente con un mensaje de J a las ocho de la tarde. Había salido del trabajo y le apetecía tomarse unas cervezas antes de volver a casa. Esas proposiciones son peligrosas, conllevan unos riesgos desconocidos que terminas asumiendo con gusto. Como esas chicas que son invitadas a ver una película en casa de Fulanito cuando los padres de este están pasando unos días de asueto en la Manga del Mar Menor.

Llegamos al mismo tiempo y nos fundimos en un efusivo abrazo, rememorando las contadas ocasiones en las que coincidimos a pesar de vivir en la misma casa. J pagó la primera ronda y yo salí a la terraza, en busca de una mesa libre. La tarde había mejorado paulatinamente. Las nubes se habían batido en retirada, cediéndole el sitio a un sol saliente y anaranjado bajo un cielo de tonos violetas y azules . Hacía una temperatura agradable, suave y animosa. Y soplaba un viento animoso y juguetón, que rondaba las calles despeinando a las chicas y zarandeando los farolillos de los veladores.

J, empeñado en honrar la memoria de Gonzalo Fernández de Córdoba, me propuso cenar en una pizzería para conquistar el corazón de una camarera italiana, guapa y risueña, de ojos almendrados y labios carnosos. Me acordé de La Malinche, concubina, consejera e intérprete de Hernán Cortés, clave en la conquista de México por su papel de mediadora entre los españoles y los indígenas. Las mujeres, como siempre, fundamentales en los momentos estelares de la humanidad, desde la expansión de un imperio hasta la cena de dos inmigrantes ociosos. Al llegar a nuestro destino, descubrimos que la chica tenía el día libre. Pero J no desperdició la oportunidad y, tras una ardua labor de investigación que consistió en un par de preguntas al camarero de turno, se enteró cuándo volvería al trabajo su particular Beatriz Portinari. A la salida, caminamos por la avenida y nos refugiamos en un pub. Detrás de la barra estaba P, nos dimos un abrazo y charlamos sobre nuestras vivencias en la cafetería. Nos invitó a un chupito que acababa de inventar y nos sirvió un par de botellines. El local estaba relativamente animado para ser un martes cualquiera. Nos sentamos en la esquina de un sofá y nos dejamos llevar por el transcurso de la noche, entre estrofas de Carlos Vives, tragos de cerveza y chicas rumbosas. Cuando me disponía a pedir la penúltima, me palpé los bolsillos y advertí que me había dejado la cartera en el bolsillo de la chaqueta. Volví al sofá y me encontré a J conversando con un grupo de cuatro españolas, todas ellas enfermeras de unos veintitantos años. En ese momento dudé entre salir del pub o seguir bebiendo chupitos con P, acosado en la barra como Homer Simpson en el bar de Moe. Una de las chicas, una gallega morena, delgada y locuaz, empezó a tocar las palmas, y J le reprochó que no sabía hacerlo. Que eso debería dejárselo a los andaluces. Ella le respondió que los andaluces no saben hablar. En ese instante, decidí romper mi voto de silencio y le dije que a Vicente Aleixandre y a Juan Ramón Jiménez les dieron el Nobel de Literatura por esa razón. Y le pedí que me enseñara a hablar y a distribuir cocaína. Sus amigas se rieron, y una aplaudió tímidamente. Ella encajó el golpe con dignidad y conservó el sentido del humor. Al final, enterramos el hacha de guerra, apostando por un exilio centralizado, basado en la cooperación y el entendimiento entre nacionalidades y comunidades autónomas. Nada de esto habría ocurrido si hubiera plasmado mis planes en una agenda.

Entrada para el concurso #palabrasalviento de Zendalibros.

Cruces de mayo

5-5-2017

Los álamos se alzan esbeltos y puntiagudos hacia el cielo, agitando las ramas altas como si estuvieran saludando a los aviones. El viento empuja unas nubes abultadas y espesas, preñadas de una luz amarilla y ampulosa que se derrama sobre las hojas del jardín. Las pinzas giran sobre la cuerda del tendedero, como salmonetes enganchados al anzuelo de un viejo pescador. El viento se encabrita y desnuda las margaritas, arrancándoles los pétalos delante de las abejas. El cobertizo del vecino luce avejentado y despintado, con el techo ligeramente hundido y los cristales cubiertos de polvo. En el jardín hay una lavadora rota y destartarlada, desprovista de la puerta, que descansa boca arriba en el suelo, testigo silente de lavados de vaqueros, camisas , calcetines y calzoncillos. De vez en cuando jugamos a marcar un gol dentro del tambor desde el centro del jardín. Es un deporte difícil, exasperante y adictivo, sobre todo cuando nos apostamos unas cervezas antes de empezar la partida. Hay que buscar un golpeo preciso y templado, procurando levantar el balón un palmo, y esperar que no salga despedido cuando choca contra el borde del círculo. Es una maniobra delicada y compleja, propia de orfebres y ebanistas. En contadas ocasiones se acierta: el balón suele entrar con estrépito y alegría, como si buscara a los amigos en la caseta de la feria con una copa de rebujito en la mano. Si rebota en el interior, la lavadora anuncia el gol con un eco metálico y vibrante, y si ha sido golpeado con demasiada fuerza, la propia máquina lo escupe, repartiendo felicidad e ilusión entre el lanzador y el dueño del pub.

10-5-2017

Con una brisa tibia y dulzona colándose por las ventanas del pub, las palomas tomando el sol en los tejados y una cerveza burbujeando en la mesa, repaso mis últimas andanzas mentalmente. Al mediodía acudí puntual a mi nuevo puesto de trabajo, un hotel majestuoso y reluciente, enclavado en pleno corazón de Oxford, entre centros de élite, tiendas de souvenirs y cafeterías de postín. La recepcionista, una veinteañera rubicunda y pizpireta, me conminó a esperar a la encargada en el sofá del vestíbulo. Dejé la mochila en el suelo y empecé a leer el USA Today como si me hubiera criado en Minnesota. Uno de mis nuevos compañeros, un brasileño menudo y risueño, se afanaba en apilar las maletas de dos señoronas emperifolladas, de bolso en ristre y perlas como peladillas en los lóbulos. Se movían lentas pero seguras, con la tranquilidad y el aplomo que te da una Visa Oro incrustada en la cartera. Veinte minutos después, apareció la encargada, disculpándose por la tardanza y extendiéndome la mano mientras me arremangaba la camisa, como si mi puesto dependiera de la calidad del saludo. Me condujo al restaurante y me felicitó por la prueba inicial del pasado domingo. Casi le pido al camarero ‘La vie en rose’, dos raciones de caviar y una botella de champán. Miré de reojo a la mesa de al lado para asegurarme de que Pérez Reverte y sus compinches no estaban justo allí, ebrios de Frangelico, llamándome maricona y acusándome de no tener ni media hostia. Bastante tengo ya con que mi colega Alejandro me tache de cipotudo. La encargada me entregó los horarios de mi primera semana.

En el cuadrante encontré una casilla con José y otra con Gabriel, como si la empresa necesitara una especie de Doctor Jeckyll y Mr. Hyde en los turnos de noche. Cuando notó mi desconcierto, deslizó la punta del bolígrafo hasta la casilla inferior para señalarme mis turnos: José 2. Me sentí el segundón, el segundo plato, el otro, el sucedáneo, el Atlético de Madrid en Champions y la amante a la vez. Magnífico. Siempre me he desenvuelto estupendamente en esa posición, a medio camino entre un Pagafantas, un becario de Jordi Cruz y un votante de UPyD. Tras aclararme la nomenclatura de la plantilla, me encomendó mi primera tarea: llevar las camisas de mi uniforme a una sastrería para que las ajustaran a mis medidas. La decisión me pareció un tanto anticuada, pudiendo encargar un par de camisas idénticas de una talla inferior, pero acaté sin rechistar. Consideré inapropiado romper la cadena de mando el primer día. Aproveché las bondades de la primavera para dirigirme a la sastrería a pie, bajo un cielo alto, terso y espléndido, revestido de nubes espumosas y pájaros cantarines. Cuando llegué al establecimiento, me tuve que quitar la chaqueta al instante. Varios clientes se agolpaban alrededor del mostrador en un espacio reducido, entre percheros cargados de prendas, montones de cajas y maniquíes semidesnudos. Cuando llegó mi turno, le conté al dependiente el motivo de visita, y en un alarde de discreción me preguntó si le iba a pagar yo o el hotel. “Yo siempre pago mis deudas, no soy delantero del Barcelona, ni hijo de Jordi Puyol”, pensé. Pero me falló la traducción. El otro empleado, un señor mayor, moreno, de ojos negros y redondos y olor a tabaco, me pidió que me quitara la camisa y me pusiera las del uniforme. Empezó a medir las mangas y los hombros y a clavar alfileres en los hombros. Me sentía un muñeco de vudú. Me di la vuelta y me miré en el espejo. Hasta ese momento no había reparado en los detalles. Llevaba una camisa nueva y azul y estaba detrás del escaparate, en dirección a la puerta, cara al sol. En es instante, recordé una cita de Agustín de Foxá: “todas las revoluciones han tenido como lema una trilogía: libertad, igualdad, fraternidad fue de la Revolución francesa; en mis años mozos yo me adherí a la trilogía falangista que hablaba de patria, pan y justicia. Ahora, instalado en mi madurez, proclamo otra: café, copa y puro”.

21-5-2017

-¡Están todas buenas, y quieren follar!

Así se dirigió a nosotros en mitad de la noche, entre hilillos de humo desvaneciéndose en el cielo y cubitos de hielo bailando en un vaso de tubo. Era un tipo alto y delgado, de mediana edad, calvo, con la sonrisa del Jocker y los dientes de Johnny Rotten. De su saliva, mezclada con güisqui y tabaco, colgaban signos de exclamación en cada comentario. Empecé a pensar que se había tragado uno de los altavoces del local. No me hubiera extrañado que el propio Dj le hubiera pedido que bajara el tono para que la gente pudiera escuchar las canciones. Mientras aseguraba que había que buscar la “frase mágica” para encandilarlas, clavaba sus ojos negros y redondos en el culo de las chicas que iban desfilando por la terraza como ángeles de Victoria’s Secret. Casi pide un tiempo muerto y saca una pizarra blanca para dibujar la estrategia que debíamos seguir los cuatro si no queríamos dormir solos. Era un antiguo compañero de trabajo de J. A A. y a mí se nos presentó como Manolo de Venezuela. Nos dijo que estaba harto de Inglaterra y que había decidido marcharse a Madrid, donde le esperaba su novia. Me puse a pensar en la forma de contactar con el Papa Francisco para agilizar los trámites de beatificación de esa pobre mujer. Después de cada trago, sonreía, rezongaba y babeaba. Me recordaba a Silvestre contemplando a Piolín en el salón de casa, aunque quien debería estar enjaulado es él y no Leopoldo López. Por nuestra parte, advertimos que debíamos cumplir nuestro papel denodadamente: contrarrestar el glamour del local con nuestra presencia, facilitándole la elección de macho alfa a las hembras allí congregadas. A A. el portero le afeó que llevara pantalones de chandal. En ese instante, me acordé de los logros de la revolución cubana: pasar del uniforme militar al chandal Adidas sin pasar por la guayabera. Yo llevaba una camiseta con un perezoso sentado sobre una hamburguesa con patatas fritas. Mientras avanzábamos por un bosque de mujeres con volutas en las pestañas y aguijones en los talones, me di cuenta de que algunas nos miraban como Rajoy al diputado de las rastas, o Pablo Iglesias e Irene Montero a Tania Sánchez. A pesar de la música, el bullicio, las faldas y los movimientos de cadera, el pub me recordó a la iglesia de mi pueblo durante los días de entierro: las mujeres dentro del templo, consolando a los dolientes, y los hombres fuera, en la calle, fumando y hablando del tiempo y el trabajo, con la salvedad de que a un sitio se va a expiar los pecados y al otro a intentar cometerlos sin demasiada fortuna.

22-5-2017

Cuando el jefe de estudios de mi colegio me dijo en su despacho que haría “el lila” en el instituto si no cambiaba mi actitud, asumí que siempre tendría serias dificultades para acatar las órdenes de cualquier superior. Todavía recuerdo cómo ese hijo de puta le gritaba a un niño con discapacidad cuadndo este se negaba a rebañar el plato de lentejas en el comedor. Esta mañana, estaba de pie en la recepción, con las manos a la espalda, emulando a algunos españoles ilustres como El Lute, El Vaquilla o los hermanos Izquierdo. Había repartido los periódicos a primera hora, inspeccionado la biblioteca y la sala de reuniones, preparado los desayunos y guardado los equipajes de los huéspedes en el almacén mientras las limpiadoras adecentaban las habitaciones. El dueño del hotel, un viejo multimillonario aficionado al arte al que confundí con un florista en mi primer día, estaba pululando por la terraza del restaurante como cada lunes. De repente, golpeó los nudillos en la puerta de cristal, me miró fijamente y me pidió que me acercara. Me dijo que me pusiera a buscar las colillas que los huéspedes dejan en las macetas, como si necesitara una muestra de ADN de todos ellos para identificarlos y expulsarlos de sus dominios sine die. Aparte de eso, me pidió que me buscara algo qué hacer. Barajé la posibilidad de preguntarle si mandar a los operarios a cambiar todas las bombillas de la entrada para iluminar una mamotreto horroroso que puedes encontrar en el Charco de la Pava por diez euros era competencia exclusivamente suya, o, en cambio, me daba bula. Pero preferí conservar mi puesto de trabajo y pasar por alto las insolencias de un tío Gilito con ínfulas de Andy Warhol. A partir de ese momento, la jornada solo podía mejorar exponencialmente. Y así fue. Al mediodía, la encargada de recepción nos pidió a C. y a mí que revisáramos a fondo varias habitaciones. Fue un rato glorioso: habitaciones limpias y espaciosas, una francesa y una llave maestra en el bolsillo. La escena de los dos alrededor de unas camas recién hechas parecía filmada por Sorrentino, bañada en esa luz celestial que refulge en la mitra de Pío XIII en The Young Pope. Yo pasaba la mano por las frazadas blancas de la colcha, en silencio, mientras C. hablaba en su inglés afrancesado, profiriendo un soniquete suave y pegadizo. Nos asomamos a una de las ventanas con vistas al patio del restaurante y por poco cito a Macron prometiendo a los comensales “defender a Francia y a Europa” antes de besar a C. De vuelta a la planta baja en el ascensor volví a acordarme del jefe de estudios. Sigo buscando su correo electrónico para enviarle una copia de las matrículas de honor cosechadas en el instituto mientras “hacía el lila”.

24-5-2017

Salgo a comprar Doritos al paquistaní de la esquina. Las últimas horas de la tarde son estupendas. Sopla una brisa suave, fresca, revitalizante. Los pájaros vuelan bajo, cortando el aire de mayo a su antojo. Trinan con ganas. Los jardines de los vecinos lucen fértiles y coloridos. Me cruzo con una mujer rubia y delgada. Lleva camiseta negra y vaqueros. Camina deprisa, con una zancada larga y decidida. Aún así percibo su aroma: huele a ropa recién planchada. Me pregunto adónde irá. Vuelvo a casa degustando mi manjar, a paso lento, como un jubilado haciendo tiempo hasta la hora de la cena. La calle está desierta. La estampa refleja nítidamente el estatus del inmigrante: solo en una tierra extraña, ajena a la cultura, la lengua y la tribu que lo vio crecer. Ese entorno del que huye para encontrar sabe Dios qué. Tampoco importa demasiado. En la nevera hay cerveza. Abro un botellín. La chapa salta como una rana y tintinea sobre la mesa. Empiezo a escribir. El autorcorrector cambia “percibo” por “escribo”. La tablet me conoce mejor que algunos de mis allegados. Sonrío y bebo.

El pupitre de Shakespeare

IMG_0228.JPG

Salimos de Oxford a media mañana en el coche de S, un Ford rojo, pequeño, coqueto. En la radio suena jazz. Apoyo el codo izquierdo en la ventanilla. Contemplo el exterior. El viento agita unas bolsas de plástico en el arcén, como aquella bolsa que grababa el chico raro de American Beauty en el patio del instituto. Unos prados verdes se extienden alrededor de la carretera. Nos adentramos en Woodstock. Una maceta con tulipanes rojos tapa el cartel de bienvenida. Hay dos señores mayores tomando café en la puerta de un bar, con pinta de no enterarse de la mitad de las cosas que están pasando. También hay casitas de piedras color miel con ventanales relucientes y entradas ajardinadas. Oteo un campo de colzas entre las colinas. Dibujan un hermoso manto amarillo que contrasta con los tonos ocres de la tierra baldía. Bebo un poco de agua y vuelvo al paisaje. Unas ovejas blancas y orondas pastan plácidamente. Hay unos invernaderos enormes en mitad de una llanura, a las afueras de un pueblo enclavado en una colina. Adelantamos a varios ciclistas, corredores y caminantes. Suspiro. Escucho el saxofón de la radio. Nos acercamos a Tierra Santa, Stratford-upon-Avon, la cuna del “menos inglés de los poetas”, el pueblo y las raíces de El Bardo.

Paramos en una estación de servicio. Nos tomamos un café y compramos cruasanes con almendras. Retomamos la marcha. Diez minutos después entramos en Stratford. Buscamos aparcamiento en las inmediaciones de un parque. El recinto está muy concurrido. El camión de los helados circula por uno de los carriles centrales. Hay niños por todas partes. Unos juegan al fútbol, otros se balancean en los columpios, y los más traviesos se lanzan puñados de arena cuando sus padres no les prestan atención. La autoridad local cuida el césped con esmero; luce corto, fresco, verde. Para llegar al centro hay que cruzar el río Avon. Podríamos haber pasado por un puente de piedra, pero decidimos subirnos a un bote con una docena de turistas. El encargado de la embarcación, un joven rubio y menudo, maneja el bote girando una polea instalada en un lateral. Un cisne blanco nada a nuestro alrededor, dejando una estela suave a su paso. En la otra orilla, subimos una escalinata y seguimos paseando. De las farolas cuelgan unos carteles con los escudos de los pueblos que contribuyen al mantenimiento de las infraestructuras locales. Atravesamos un mercadillo ambulante. Todos los puestos están cubiertos por unos toldos azules y amarillos. En High Street hay una exposición de coches antiguos. Un tipo simula abrir la puerta de un Mustang mientras su amigo le hace una foto. La ranciedad no conoce fronteras.

Al final de la calle está el ayuntamiento, un edificio pequeño, bajo, de piedras doradas, vidrieras estrechas y arcos de medio punto. En la esquina de enfrente hay una sucursal del HSBC. Una larga cola aguarda su turno para sacar dinero del cajero automático. Esa imagen me reconforta, ya no tengo motivos para viajar a Grecia. Llegamos al teatro de la Royal Shakespeare Company. Es una construcción sobria funcional, con ladrillos cobrizos, cristaleras azuladas y una torre anexa. Intentamos entrar, pero un vigilante nos corta el paso. Está cerrado. Visitamos la tienda de souvenirs. Hay posavasos, chapas, peluches, cómics, libros y postales con citas y retratos del hijo más célebre del pueblo. Salimos con las manos vacías y buscamos la escuela de Shakespeare. Desandamos el camino recorrido y brujuleamos por el casco histórico hasta encontrar la señal idónea. La escuela King Edward VI está en Church Street.

En la entrada hay un niño rubio, pecoso y uniformado. Reparte folletos y saluda a los transeúntes. La escuela es un edificio rectangular con paredes blancas, puntales de madera y tejados a dos aguas. Entramos. En una de las salas se proyecta un documental sobre la historia del centro. El narrador nos cuenta que entre esas paredes Shakespeare empezó a sentir devoción por el teatro asistiendo a las actuaciones de las compañías que llegaban de Londres. El centro sigue funcionando como escuela de Gramática. Alrededor de las escaleras que conducen a la primera planta hay retratos de los directores de la escuela. Las aulas están intactas. El suelo cruje bajo nuestros pies. Hay tres filas de pupitres de madera noble, surcados de nombres, iniciales, fechas y rayaduras. En el otro extremo de la sala está el sitio del profesor. El sillón y la mesa descansan sobre una tarima. Tomo asiento y observo el aula en silencio. Me imagino al Shakespeare de siete años sentado en una de las bancas, atento a las lecciones del profesor, gastando bromas a los compañeros, o dando cabezadas sobre el pupitre, soñoliento y aburrido. Me levanto y me acerco a la primera fila. En uno de los pupitres hay un portafolios, una pluma y un tintero para imitar la firma del genio. Las hojas en blanco refulgen bajo los rayos del atardecer. Empuño la pluma, observo el folio y la dejo en el tintero. No tengo nada que añadir.Alfred North Whitehead dijo que “toda la filosofía occidental es una serie de notas a pie de página de la filosofía platónica”. Algo parecido ocurre con Shakespeare y la literatura. Un bebé llora en la calle. Recuerdo una cita del rey Lear: “Al nacer, lloramos porque entramos en este vasto manicomio”.

 

Un día especial

Aquella mañana de abril se despertaron mucho antes de que sonara la alarma del móvil, con los primeros rayos de sol reflejados en las sábanas y las golondrinas apostadas en el alféizar de la ventana. Estaban nerviosos, ilusionados, como un par de críos la noche de Reyes. Había llegado el día, la fecha pintada de rojo en el calendario. Se miraron sonrientes y salieron del dormitorio. Ella se fue a la cocina y empezó a preparar el desayuno. Mientras calentaba el café y cortaba el pan en rebanadas, él bajó a la trastienda del negocio y colgó el cartel de “Cerrado”. Se sintió raro. Era lunes, pero la ocasión merecía la pena: había que tomarse el día libre y disfrutar cada segundo. Volvió a casa, entró en el cuarto de baño y se dio una ducha. Se situó frente al espejo del lavabo y empezó a afeitarse con parsimonia. Recordó algunos momentos importantes a su lado: el día que le ayudó a cumplimentar la matrícula del instituto y le dijo que “las letras daban mucha hambre”. O cuando acudió a su acto de graduación en la facultad y le preguntó si todos los presentes iban a ser periodistas…  Contempló su reflejo en silencio, se secó la cara, esbozó una pequeña sonrisa y suspiró hondamente. En la cocina, él ojeaba las noticias en el móvil y ella agarraba la taza de café con una mano, y la tostada con la otra, mirando a la calle en silencio. Salió de la cocina, y antes de entrar en el cuarto de baño se asomó a su habitación. Estaba igual que el día que se marchó.  Había cómics colocados en las baldas de las estanterías, novelas apiladas en la mesita de noche, diplomas enmarcados en la pared y varios pares de zapatillas alineadas en un rincón. Cogió una foto suya, le dio un beso y la dejó en el escritorio. Cuando salió de la ducha, volvió al dormitorio y sacó del armario su vestido favorito. Se maquilló frente a la peinadora, cogió un bolso a juego y reparó en que hoy no necesitaría encender el ordenador para entrar en su cuenta de Skype.

En el salón, ambos comprobaron que no olvidaban nada: carteras, móviles, llaves… Se subieron al coche y salieron del pueblo en dirección a la ciudad. La sierra se extendía alrededor de la carretera en plena primavera, entre jaramagos, mariposas, amapolas y cortijos abandonados  en lontananza. Hora y media después, los carteles publicitarios y los bloques de pisos del extrarradio les dieron la bienvenida. Empezaron a sentir cosquillas en el estómago y se dieron la mano dentro del coche, antes de buscar aparcamiento en el centro. Buscaron la dirección en el móvil y brujulearon durante quince minutos por el casco histórico. A lo lejos divisaron las casetas abiertas de par en par, con montones de libros nuevos expuestos ante la mirada de los paseantes. Aceleraron el paso, anduvieron unos metros alrededor del recinto y se dirigieron al escenario central. Lo vieron y lo llamaron por su nombre en alto. Él se giró y se abalanzó a ellos, inaugurando un festival de abrazos, besos y achuchones. Se secaron las lágrimas y tomaron asiento en las dos sillas reservadas en primera fila. Después dos de años de espera, ahí estaba.  Su hijo mayor, un emigrante más que se había marchado a buscarse la vida, volvía a casa el día de San Jorge para cumplir su sueño: presentar su primer libro.

Relato para el concurso  #historiasdelibros de Zendalibros.com

Breviario primaveral

30-3-17

El canto de un gallo rasga el aire a media tarde. Descorro la cortina. Los hijos del vecino juegan al fútbol en mitad de la calle. Chutan. Corren. Discuten. Escucho el ruido del tráfico. La melodía del camión de los helados suena a lo lejos. Un manto de nubes púrpuras se propaga por el cielo sobre un horizonte añil. Mañana lloverá. O eso dice el parte meteorológico de la BBC. Será mi día libre, después de ocho días laborales seguidos. Otra jornada de recogimiento; de lecturas, dudas, remordimientos de conciencia y currículos sin respuesta. Un tipo corta el césped del jardín de enfrente. Viste gorro azul y chandal gris. Es negro, bajito y robusto. Una mujer rubia lo observa en silencio, apoyada en la entrada de la casa, cruzada de brazos. Siento como si me hubiera colado en una hacienda de Alabama de hace doscientos años. Escribo en la tablet, de pie, observando el exterior tras la ventana de mi habitación. Lo hago sin ninguna pasión, sin ningún fin, automáticamente. Los propósitos de año nuevo, manuscritos en un pequeño bloc de notas, se van tiñendo de sepia. Me dejo llevar. Siempre cuento lo mismo: un monólogo interior anodino, gris, intrascendente. Hay algo peor que la angustia, el miedo o la pena: la falta de contacto con el dolor, la marcha del mundo sin el acta del forense, y con el corazón a pleno rendimiento, bombeando una sangre que le sirve a todo el mundo menos a mí.

1-4-17

Acudo a un establecimiento de comida para llevar. Se llega tras cruzar un parque llano, amplio y fértil. El interior del local parece una cabaña. Las paredes están formadas por listones de madera. El techo es bajo, y el cableado eléctrico está pegado con cinta aislante. En la parte izquierda hay una máquina tragaperras apagada. Tiene un dragón verde dibujado en la cabecera, tentando a la suerte a los clientes. El gato de Mixta está encaramado a un horno, y levanta el puño como Jane Fonda en comisaría. A su lado hay un oso panda de plástico mordiendo bambú. El oso es omnipresente: está en el rótulo de la entrada, en los folletos y en los calendarios. Me lo imagino contando los billetes de madrugada, detrás de la máquina registradora, con un tallo de bambú entre los dientes. Detrás del mostrador hay dos chinos. El más mayor rondará los cincuenta años. Es calvo, y tiene la piel apergaminada, ligeramente amarillenta. No mucho. Como esas camisetas del Primark que pierden color en cada lavado. Sonríe continuamente. Desconozco el motivo. El otro es un chico joven, enjuto y desgarbado. Lleva una gorra de visera plana y luce una perilla desangelada. Parece un extra de alguna película de Jackie Chan, un secuaz del malo que acaba mordiendo el polvo a las primeras de cambio. El local huele a arroz y verduras hervidas. La lista de platos está pegada a la pared, impresa en un cartulina verde, al lado de la puerta. Elijo un número al azar y se lo recito al chino risueño como si estuviéramos en la lotería de Pekín. Me siento en el poyete del escaparate. A mi derecha hay un bonsai. Me recuerda al programa de Salvados en el que Felipe González aseguró que habría podido volar a la cúpula de ETA. Supongo que por venganza por lo de C….. B…. (por si esto lo lee algún juez de la Audiencia Nacional). Espero mi comida y resoplo. Siento cierta predilección por tugurios como este: locales recónditos, tristes, solitarios, alejados de la pompa y el boato de los locales que pueblan las secciones de Ocio de los periódicos. Me sirven la comida en una bandeja de aluminio envuelta en una bolsa de plástico. La guardo en la mochila y vuelvo a casa, preparado para descubrir la única sorpresa del día.

6-4-17

Algunos días tienes la impresión de que todo encaja, como las fichas del Tetris, o la contabilidad del PP tras la declaración de Bárcenas. El Sol brilla con fuerza, derramando luz y vitamina D a mansalva, sin pudor ni vergüenza. Empezamos a sonreír y afrontamos los problemas con la actitud del señor Lobo: confiados, altivos, elegantes. Eso mismo pensé este mediodía, tumbado en el césped del jardín con J tras un festín pantagruélico, un canto a la gula compuesto por morcón ibérico, chicharrones, ensalada, vino tinto, pan de ajo, queso griego y dulces italianos. Un convite mediterráneo, improvisado, sin más fin que el deleite de los sentidos, un homenaje a Epicuro por parte de dos humildes emigrantes. Parecíamos el Baco de Caravaggio, sin ménades ni hojas de parra. Respirábamos hondamente, en silencio, bajo un cielo azul, limpio, espléndido. Las abejas libaban las margaritas, el viento ondeaba la ropa tendida y las palomas del vecino arrullaban al otro lado de la valla. Nos levantamos con esfuerzo, lentamente, como dos luchadores de sumo antes de un combate, y empezamos a levantar el campamento. En la cocina yo iba fregando los platos y J repartía los restos de comida en varias fiambreras con La Mandanga de El Fary sonando en el IPad. Salimos de casa en las bicicletas como los niños de Verano Azul, y a falta de playa, recalamos en un bar. Pedimos café y nos acomodamos en los bancos de la entrada, cerca de un grupo de ninfas hermosas, jóvenes, sandungueras y lozanas. Empezamos hablando de trabajo y terminamos descojonados, citando a Ignatius Farray al grito de “¡¡Padre, entérese usted de lo que está pasando!!” Apuramos el azúcar del café como sucedáneo al placer prohibido por la indiferencia de las presentes y nos marchamos. Terminamos la tarde en la cafetería de un hotel de cuatro estrellas. En ese momento, sin saber qué estaba haciendo allí, dudé entre comprar acciones de Apple, abrir una cuenta en Gibraltar aprovechando las exenciones fiscales de esa colonia robada por el ínclito George Rooke, o llamar a una prostituta de lujo. Me despedí de J y volví a casa en bicicleta, bordeando el río, entre patos, remeros, paseantes y runners. Alguien tiene que sentarse frente al ordenador, dejar morir el día tras la ventana, esperar a que las farolas se enciendan y levantar acta de esta jornada plácida y feliz como si sirviera de algo…