Cerveza

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Una sociedad que le presta más atención a un barril de petróleo que a un barril de cerveza es una sociedad enferma, decadente y aburrida, abocada al fracaso más absoluto. Los conflictos políticos y diplomáticos más enconados podrían resolverse fácilmente con los contendientes reunidos en torno a la barra de un bar, con un camarero en medio y un barril de cerveza debajo del mostrador. Rajoy y Puigdemont, Theresa May y Juncker, Trump y Kim Jong-un, Maduro y Leopoldo López, Alba Carrillo y Feliciano López… Todos estos líderes de masas, enfrentados en un primer momento, saldrían del bar abrazados, felices y optimistas, firmando acuerdos de cooperación, referendos, sanciones razonables y exclusivas del HOLA. Se cuenta que durante los cinco años que duró la Segunda República, Indalecio Prieto y Gil Robles jamás se saludaron en los pasillos del Congreso. Quién sabe si un breve encuentro en un bar entre estos esos dos personajes antagónicos le habría ahorrado a España mucha sangre, hambre y muerte.

En algunas ocasiones, llegamos al bar distraídos, preocupados por temas capitales: la salud de un familiar, la mala racha de nuestro equipo, la batería del móvil o la unidad de España. Y soslayamos un gesto determinante, simple y complejo a la vez: el tiro de la caña. Esta maniobra es precisa y efectista, la piedra de toque del sector servicios. El camarero, con la camisa arremangada y el bolígrafo detrás de la oreja, te saluda y te sonríe, y antes de preguntarte por la bebida que vas a tomar, pasa el trapo por la barra y agarra el mango del tirador como la palanca de cambios de un BMW en una carrera ilegal. Un camarero veterano siempre ejecuta esta acción con presteza y confianza, preguntándote por el trabajo, la pareja o el próximo libro, marcando los tiempos exactos entre la respuesta, la caña y el resto de clientes. El chorro cae con una cadencia sutil y medida, llenando un vaso mojado, frío y debidamente inclinado. A continuación, una nebulosa de burbujas diminutas se agita como un enjambre de abejas recién salidas del panal, con el sol andaluz filtrando su luz amarilla por los tonos cobrizos y ambarinos de este preciado néctar. En el último paso, la cerveza viaja desde la barra hasta la comisura de los labios, con una cremosa corona de espuma meciéndose en el borde del vaso.

El primer trago entra fuerte, sin contemplaciones, como las olas del mar en la escollera. Se desliza por la lengua y se precipita por el esófago, acariciando las papilas gustativas y disparando los niveles de dopamina en el cerebro. El sabor, ligeramente amargo, reconforta. Aquilata. Rebaja la tensión y templa los nervios. Nos criamos con el sabor del Colacao, y maduramos con el de la cerveza. A partir de ese sorbo inaugural, los problemas merman, las palabras fluyen, el humor aflora y el mundo toma un cariz distinto; “más humano, menos raro”. Después de cuatro o cinco cañas, el lúpulo fermentado hace su efecto: los pómulos se encienden, los párpados se desploman y los gases buscan libertad como El Chapo y El Lute. Antes de recapitular, volcamos la calderilla en la barra para pagar la última ronda. Si el montante no es suficiente, siempre podemos acudir al cajero de la esquina. Los adanistas pueriles que sueñan con derrocar este sistema, debería pensar si les compensa dejar los cajeros en manos de funcionarios. Por norma general, no han metido ni un céntimo en la cuenta con su propio sudor.

Mientras haya cervezas, amigos o mujeres, nunca habrá motivos para volver a casa en busca de la cama, aunque ya hayamos sacado las sábanas de franela y el nórdico del tercer cajón del armario. El tintineo de las cervezas al brindar es el “We are the champions” de la gente normal, el himno de las victorias pedestres. Cualquier excusa es buena para celebrar que estamos vivos, y los nuestros, también. La cerveza preside ese encuentros fortuitos en los que arreglas el mundo apasionadamente, garabateando servilletas mojadas con el bolígrafo del camarero, y también está presente en esos amaneceres memorables e irrepetibles, en los que salías de una habitación extraña a hurtadillas, oliendo a carmín y sexo, y cruzando un salón donde se amontonaban varias litronas vacías y tristes.

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El Barrio Alto

Los álbumes de fotos custodian el pasado en los cajones de casa, entre mandos a distancia, manuales de instrucciones y móviles antiguos, sin carcasa ni batería. Las imágenes, conservadas en fundas de plástico, nos trasladan a la Primera Comunión, a una cabalgata de Reyes Magos, a una excursión del colegio o a nuestro antiguo barrio. Muchas de mis primeras fotos fueron tomadas en la casa de mi abuela Hilaria, en pleno Barrio Alto. En algunas instantáneas aparezco de pie, sonriente, disfrazado de El Zorro, de payaso o de Borbón, con pajarita, rebeca y mocasines. A mi pesar. Mi madre se tomó a pecho el apellido Real. En otras, salgo en pijama, sacando a pasear una burra de plástico a la que le habría recitado el primer párrafo de Platero y yo si hubiera sabido leer en aquel entonces. “El Barrio Alto es la Triana de Villanueva” decía mi amigo Rubén en una de nuestras últimas tertulias. Para mí es el olor a suavizante del lavadero, con los perros ladrando en el patio de al lado y las golondrinas trinando en la barandilla de la azotea, el ruido del coche de mi padre aparcando en la puerta, El Barranco, con sus sábanas blancas ondeando como banderas de la paz y su Judas Iscariote a lomos de un burro en Semana Santa. También son las canciones de Camarón, las sillas de anea, las ofertas del supermercado bajo la puerta, las migas de mi abuela, la colección de pegatinas perrunas de Bollycao, las meriendas en casa de la vecina, las carreras calle abajo detrás de un balón que siempre terminaba en el guardabarros de un Land Rover, las motos de los “grandes” zumbando en dirección al polideportivo, las naranjas verdes rodando por las aceras, las mujeres encalando las casas con brochas amarradas a una caña, las primeras incursiones al arroyo en bicicleta, los tractores arrastrando unos remolques colmados de aceitunas, las alumnas de mi tía Mercedes dando clases de matemáticas por las tardes, las lagartijas trepando por las paredes en las noches de verano y el agua de lluvia bajando rauda por los canalones en invierno. Esos fogonazos de la memoria prenden en algún rincón del alma como una cerilla en mitad de la noche. Podemos cambiar de colchón, de pueblo, de país, de partido, de peinado, de banco y de mujer, pero jamás podremos borrar los recuerdos de los días azules, ni las huellas de los primeros pasos que dimos a tientas por las calles del barrio.

 

Socialista y obrero

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Cuando Felipe González vuelve a España procedente de Suresnes a mediados de octubre de 1974, es detenido en Sevilla durante unas horas. Hermenegildo Altozano, gobernador civil de la cuidad, recibe la orden de dejarlo en libertad inmediatamente desde la Presidencia del Gobierno. El policía, sorprendido, obedece y lo libera. Carmen Romero, por aquel entonces novia de Felipe González, era hija de Vicente Romero, comandante médico del Ejército del Aire y concejal del Ayuntamiento de Sevilla, siendo alcalde Juan Fernández Rodriguez García del Busto, médico personal de Carrero Blanco. En el libro ‘El sueño de la Transición’, las memorias del general Manuel Fernández-Monzón, hay un capítulo titulado “El almirante eligió a Felipe González: de Toulouse a Suresnes”. En los congresos de Toulouse, celebrados en 1970 y 1972, Felipe González defendió unas tesis reformistas, en contraposición a los socialistas herederos de la República, liderados por Rodolfo Llopis. Para alcanzar reconocimiento internacional, Felipe Gonzalez necesitaba el apoyo de Willy Brandt, que ejercía de presidente de la Internacional Socialista. Fue el propio Carrero Blanco quien intercedió a través de Gustav Heinemann, presidente de la República Federal alemana entre 1969 y 1974, para que le pidiera a Brandt que se postulara a favor de los felipistas, los socialistas partidarios de la renovación del partido. “No se preocupen ustedes, que no olvidaremos nunca a Carrero Blanco; de nuestras bocas no saldrá una crítica contra el almirante” le confesó Felipe González al general Fernández-Monzón cuando Enrique Múgica se lo presentó.

En las elecciones generales de 1982, el PSOE obtuvo una mayoría aplastante, consiguiendo más de diez millones de votos y doscientos dos diputados. A partir de ese momento, Felipe González gobernaría España durante los catorce años siguientes, hasta caer derrotado por un estrecho margen frente a José María Aznar en las elecciones de 1996. Tras su salida del poder, Felipe González ha sabido usar su condición de ex presidente para aumentar su patrimonio exponencialmente. En el libro ‘Socialistas de élite’ el periodista Javier Chicote cuenta que a Felipe González “siempre le ha gustado acercarse a gente con dinero”. En Diciembre de 2010 fichó por Gas Natural como consejero independiente, con un salario de 126.500 euros repartidos en once reuniones anuales. Cada una sale por 11.500 euros. Estas retribuciones no son incompatibles con su pensión vitalicia como ex presidente del gobierno, que ronda los 80.000 euros. Otra de sus mayores fuentes de ingresos han sido las conferencias, llegando a cobrar otros 80.000 euros por cada una.

El ex presidente ha conseguido muchos favores gracias a su larga lista de contactos. González es un viejo amigo de Carlos Slim, uno de los hombres más ricos del mundo, hasta el punto de convertirse en su asesor en asuntos internacionales. Cada vez que viaja a México, dispone de un avión privado y una habitación exclusiva para él en el hotel Genove de la capital azteca por cortesía del magnate. Su amistad con el rey de Marruecos Mohamed VI le permitió adquirir una parcela de más de dos mil metros cuadrados a pie de playa en Tánger, valorada en más de dos millones y medio de euros. En 2014, decidió vendérsela a la familia real de Arabia Saudí. Ese mismo año compró El Penitencial, una extensión de tierra de 120 hectáreas situada en la Sierra de Guadalupe (Cáceres), y valorada en un millón de euros. En una extensa entrevista publicada en El País el 7 de Noviembre de 2010, Felipe González manifestó su deseo de “comprarse una casa a las afueras de Madrid si tuviera ahorros, ahora que están baratas…”

Según consta en el registro mercantil, su empresa Ialcon Consultoría SL facturó casi cuatro millones y medio de euros entre 2010 Y 2014. Felipe González es el titular de 78,2% de las acciones de esta consultora, mientras que el 21,8% restante se reparte a partes iguales entre sus hijos María (que además actúa como administradora única), David y Pablo González Romero.

Massoud Zandi, empresario español de origen iraní, recibió la ayuda de Felipe González para convencer a los ministros de Sudán del Sur y El Chad para poder explotar minas y crudo en esos países africanos. El empresario ha sido acusado por la Agencia Tributaria por varios delitos fiscales. En Septiembre de 2009, Felipe González le envió una carta al presidente de Sudán del Norte Omar Al-Bashir ensalzando la carrera y el prestigio internacional de Massoud Zandi. Seis meses antes, La Corte Penal Internacional ordenó el arresto del presidente africano por crímenes de guerra y de lesa humanidad. González se despedía en su carta con “respeto” y “afecto”.

El 14 de febrero de 1986, TVE grabó un concierto de Joaquín Sabina en el cine Salamanca de Madrid. La cadena pública censuró a Javier Krahe en horario de máxima audiencia cuando cantó ‘Cuervo Ingenuo’ una canción satírica sobre la entrada de España en la OTAN y las políticas del gobierno socialista. La letra resultó ser premonitoria: “tú, mucho partido pero ¿es socialista, es obrero? ¿o es español solamente? Pues tampoco al cien por cien si americano también… Gringo ser muy absorbente. Tú detener por diez días en negras comisarías donde maltrato es frecuente…”

En aquel lejano n octubre de 1974, Felipe González durmió en casa y no en el calabozo gracias a sus selectos contactos con el Régimen franquista.

Noviembre 

Noviembre atraca en nuestras costas en la barca de Caronte. Mira a la cara a La Parca desde el umbral del Averno, sin miedo al filo de su infalible guadaña. El penúltimo mes del año suena a coda de danza macabra, a homenaje póstumo, a siervo romano susurrándole “memento mori” a los generales victoriosos bajo una lluvia de pétalos de rosa. Noviembre serpentea entre dos mundos paralelos, con los vivos visitando a los muertos por las calles de los cementerios, entre cipreses, cruces y cuervos. De mujeres portando cubos y trapos, adecentando lápidas con flores y vírgenes. De un cielo caramelizado al calor del primer café del día, con el sol rayando el aire y fundiendo el rocío. Noviembre de manos amoratadas en los bolsillos de la chaqueta, de narices encendidas, congestionadas y despellejadas, de días fríos y fugaces, como esos suspiros hondos que se deslizan sobre un vaho efervescente y efímero durante una conversación banal entre dos desconocidos. De las calles alfombradas de hojarasca, de sempiterna sopa caliente; de bolas, estrellas y campanas arracimadas en los escaparates de los centros comerciales. Noviembre, agosto de las eléctricas, con las estufas enchufadas, las enaguas sobre las rodillas y las chaquetas colgadas en el perchero del zaguán. Noviembre cabe en un cucurucho de castañas asadas y en una olla con zanahorias, patatas, garbanzos y cebollas ahogándose un caldo burbujeante. Noviembre se desmadeja lentamente, como los ovillos de lana en los regazos de esas abuelas andaluzas que ven Canal Sur en la sobremesa. Noviembre inglés, de fuegos artificiales y cohetes coloreando un cielo negro e insondable, por el atentado fallido de un mercenario católico que quiso volar la Cámara de los Lores, icono antisistema y posmoderno de bigote perfilado y sonrisa aviesa. Y que terminó torturado, ahorcado y desmembrado por las autoridades locales como aviso a navegantes. Noviembre se fuma la leña de las chimeneas durante esos domingos lentos y espesos de pijama, batín y novela negra. En Noviembre, una caterva de catrinas níveas y emplumadas, repartidas por las calles de México, se ríen de los mortales a mandíbula batiente; su fiesta empieza cuando termina la nuestra, sobre las aguas de “ese otro mar, esa flecha que nos libra del sol y de la luna y del amor”.
Relato para el concurso #DíadelosMuertos de Zendalibros.

El señor de la noche

Cuando el reloj de la oficina marca las once menos diez de la noche, las hojas de la puerta principal se abren para dejar paso a un tipo corpulento, de andares lentos y pesarosos. Luce una gabardina verde oliva sobre un traje azul marino; calza unas zapatillas blancas, y de su hombro derecho cuelga una mochila ajada. Avanza unos metros y tuerce a la izquierda. En una alacena anexa a la recepción, saca un par de zapatos negros de la mochila, los abrillanta con parsimonia y, sentado en una banqueta, se ata los cordones cuidadosamente, mentalizándose para afrontar ocho horas de trabajo a solas entre las cuatro paredes de la oficina.

M me saluda extendiendo el brazo y profiriendo un “qué pasó, patrón” con un acusado acento polaco. Su voz rasgada reverbera levemente en el vestíbulo del hotel.
Luego, de pie y en silencio, escucha atentamente las incidencias de la tarde en boca del recepcionista de turno. Suspira, se ajusta la montura de las gafas y me pide la llave de la máquina de café. Vuelve dos minutos después, se bebe el café de un trago, estruja el vaso y lo tira a la papelera. Coincidimos una hora, en el final de mi turno y el principio del suyo. Me pregunta por mi día por decir algo, como quien comenta la llegada del frío en el ascensor con el vecino del tercero. M es lacónico e introvertido. Suele responderme con monosílabos y/o frases cortas. Huye de las subordinadas y los circunloquios. Trabaja de lunes a viernes, de once de la noche a siete de la mañana, desde hace seis años. Cuando la cuidad sale de la cama, él se enfunda el pijama y duerme plácidamente hasta media tarde.

Una noche entró al hotel cojeando, arrastrando la pierna derecha como si volviera del frente. Le pregunté qué le había ocurrido y me dijo que había sufrido una lesión jugando al golf. Me costó imaginarlo con una visera y una docena de palos y bolas al volante de un caddy, perfeccionando su swing en las faldas de una colina alfombrada de verde. A veces me pregunto en qué invierte el tiempo libre alguien que vive a contracorriente, que descansa cuando la mayoría de la gente trabaja, estudia o hace la compra. Cuando volvió de vacaciones, le pregunté qué había hecho en Polonia. Alineó un fajo de fotocopias, agarró una grapadora y soltó un escueto “relax” acompañado del “clac” de la grapa. Los ojos tristes, la cara redonda y la incipiente alopecia me recuerdan a Frank Sabotka, el líder de los estibadores de Baltimore en The Wire. Ambos aparentan guardar secretos inconfesables, sepultados bajo silencios largos y miradas esquivas, preparados para ser sometidos a interrogatorios interminables en las celdas de cualquier comisaría sin soltar prenda.

Últimamente, se muestra más amigable y hablador. Anteayer me contó que eliminó su cuenta de Facebook cuando descubrió que el resto de usuarios contaban sus vidas continuamente. “En el pub, de vacaciones, en el trabajo…Vale ¿a mí que me importa todo eso?” Masculló, arqueando las cejas y levantando los brazos. Después de sacar el móvil del bolsillo, casi le ruego que lo donara al museo de Historia. Era una antigualla diminuta, con un teclado de números descoloridos y una pantalla rayada y verdosa. Poco antes de terminar mi turno, clavó los ojos en la pantalla del ordenador, abrió la ventanita del calendario y dijo: “ya es final de mes… un día te levantas, te miras al espejo y te has convertido en un viejo…”

El tiempo pasa demasiado rápido, incluso para las almas insomnes que deambulan por los pasillos de un hotel de madrugada.